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La encontraron durmiendo sobre unos cartones en la esquina del hangar tan acurrucada que parecía que iba a desaparecer. Algo hizo que permanecieran expectantes, callados, observando desde la puerta esos últimos momentos. Ya se sentían lejos.

Arropada por los rayos del amanecer que se colaban por la rendija de la vieja nave, tan pequeña para algo tan inmenso, su corazón guardaba todavía astillas de inocencia.

Se desperezó estirando tanto los brazos… el pelo alborotado y esa sonrisa. Esa mirada de volver a empezar sin estar del todo segura. Se puso en pie, se recolocó la ropa y se cubrió con aquel gorro de lana que llevaba a todas partes.

Echó un último vistazo a su alrededor y no sin esfuerzo, trepó hasta colarse en la parte trasera de la avioneta. ¿Quién no ha querido alguna vez sentirse polizón?

Ella nunca lo supo, pero una despedida nunca había sido más difícil.

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Written by mlhierro

octubre 3, 2010 a 11:09 pm

Publicado en Uncategorized

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