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Archive for the ‘"Escritos sobre el dolor"’ Category

Julieta

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Posar sobre la punta de la lengua una minúscula gota de miel y notar la explosión en mis papilas.

Deslizar las yemas de los dedos sobre la piel erizada mientras hablo de cosas imposibles.

Deleitarme en el hechizo del eco de un aleteo de mariposas azules en el interior.

Observar con ávidos ojos hambrientos de luz tu atenta mirada, penetrar en tu mente y lamer tus pensamientos que planean como la brisa en una húmeda mañana de octubre.

Dibujar en mi cuello espirales sin sentido al añorar el color de tus mejillas y el sonido de tu voz tan lejana como firme.

Colocar con cuidado la flor en el secante de un libro para encontrarla al leer el pasaje correcto.

Dibujar en la arena caminos que llevan hacia tí con los dedos de los pies, rutas difuminadas por la espuma de un mar descarnado.

Beber del licor de cicuta que repliega mis párpados… y me sumerge en la vida eterna, el bálsamo de tu abrazo.

Written by mlhierro

octubre 12, 2010 at 10:37 pm

Cenicienta

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Cenicienta atravesaba el párking descalza mirando la hora. Los pies sucios y el pulso acelerado. Una bomba de relojería. Había que parar.

Se apoyó en una columna maldiciendo a tantos coches que habían redondeado sus  esquinas a sabiendas de que era ella quien había permanecido inerte.

Despertó en la soledad de una sucia pensión revestida de polvo e insectos y al entrar al servicio dio con su imagen en el espejo. Escalofrio. La opacidad de su rostro, turbio… Nunca pudo imaginar las consecuencias. Y el hormigueo trepó por su espalda desnuda. ¿Acaso es él el que me devuelve esta imagen? ¿Será el cristal el culpable? Desde luego, parecía que no lo habían limpiado en mucho tiempo.

Las ventanas mojadas le informaban del chaparrón que caía fuera. Algo más en común, pensó, con los ojos vidriosos. No recordaba si de pequeña le decían de esconderse bajo un árbol durante el temporal, o si por el contrario era mejor mantenerse expuesta.

Envidiaba a las brujas, que permanecían desnudas en medio de la nada con los brazos en alto desafiando a los diluvios más violentos dado que ellas sí se atrevían a devolver sus amenazas. No temían abandonarse a la intemperie, aun a riesgo de que un rayo las partiera en dos.

Cenicienta decidió volver a la cama, se tumbó boca arriba sin taparse y repentinamente se armó de valor. Corrió dejando atrás las llaves y un portazo. Y ahí está, sentada en el bordillo con la mirada fija y un vestido de barro, esperando paciente que la tormenta pase.


Written by mlhierro

septiembre 29, 2010 at 10:47 pm

Siempre queda alguna lata de bordes cortantes abierta en el frigorífico.

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Y escucho que Junio por fin ha traido el verano a toda España, pero de su boca sólo sale vaho.

A ella la garganta le duele de vomitar con tanto esfuerzo hilos de alambre. Los mismos que le rajaron por dentro por idiota. Por no escupirlos entonces.

Concluye que la esperanza y la estupidez están separadas por una línea muy fina. Concluye que la primavera no siempre huele a flores, jabón y sexo.

Siempre queda alguna lata de bordes cortantes abierta en el frigorífico.

Written by mlhierro

junio 2, 2010 at 8:33 am

Cuando soñé que te morías

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Le enterraron en Tres Cantos, en ese cementerio que parece un vivero. Donde  las tumbas están recubiertas de helechos, musgo y enredadera, con esos techos de cristal (Mala idea, pensé, porque con mis lágrimas podría haber hecho efecto lupa y haber salido ardiendo. Contigo.) Las visitas, privadas. A uno le llamaban por su nombre y apellidos para poder realizar la despedida de rigor y a pesar de ese orden fúnebre aquello estaba de par en par. Hasta unos Boy Scouts escuchaban las instrucciones de su monitor sentados en la escalera, con los ojos como platos.

Pero ellos no estaban más sorprendidos que yo. Me dieron la noticia como quien no quiere la cosa en ese piso gris que era mi oficina y mis dos compañeros parecieron no inmutarse. Quizá no esperaban reacción por mi parte, pero sí parecieron mirar de reojo ante mi llanto y mis prisas por recuperar las fotos de su portátil antes de que pasara a ser de otro (Lo robé, por cierto). Y después corrí a su encuentro, y me perdí con el coche, pero algún conocido suyo supo decirme dónde estaba. Es que las pesadillas están llenas de casualidades.

Qué buen día hacía. Entraban por las cristaleras los rayos de un sol que abrasaba y la sensación se volvía curiosa con esas lágrimas gigantes que se deslizaban por mi cuerpo y dejaban rastros de azucar. Siempre dulce, como cuando dos personas se despiden “hasta mañana”, pero se miran sabiendo que no van a volver a verse aunque duden de sus intenciones. Siempre dulce, como morirse en un día de sol.

Written by mlhierro

marzo 25, 2010 at 1:04 pm

1-1

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El sol de Madrid me recordó al sur por un instante

Pesaron más los recuerdos. Sí, te dejé caer de mi balanza.

Me ahogaba en la memoria mientras de reojo te veía resbalar

y alargaba los brazos para recuperar un ideal que no era para mi

Y sin poder (sin querer)  gritaba en sueños azules:

¡¡Vuelve!!

Y a base de reclamarlo, lo imposible volvió  y me abrazó

recordándome que yo no sería yo si no aceptase el desafío

de tirarme a piscinas vacías hasta que encuentre una llena

y…que tampoco sería la misma persona si empezase a andar con los ojos bien abiertos

evitando chocar contra las farolas.

Written by mlhierro

septiembre 7, 2009 at 8:47 pm

1/3

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Me atravesaste el corazón con imperdibles sin darte cuenta de que el constante bombear lo rasgaría.

Lo dejé después sobre tu mano y lo tomaste cerrando el puño. Cada vez más fuerte, cada vez más firme.

Y tan profundas son las huellas que has dejado, tan profundas… que aún noto las uñas presionando y el pulso de tus dedos.

La eterna duda permanecerá encaramada al techo hasta que vuelva a aprender a sumar uno mas uno. Que no sé si duele menos añadir una mitad… o el que otro reste un tercio.

Dos y uno rasgado

Written by mlhierro

julio 14, 2009 at 12:50 am

Escritos sobre el dolor II

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Desde el centro de la habitación en llamas tomó su cincel y esculpió a la mujer.

Vio que se dejaba construir con gestos de dulce dolor en cada golpe. Uno. Otro. Otro. Soplaba en cada parte para apartar el polvo y acariciaba de manera calculada los recovecos del cuerpo ya liso. Dudó en construir los brazos por el riesgo del alcance.

La amputada escultura sólo podía tocar con la mirada… y en el brillo de unos ojos acuosos aún se intuye la necesidad del abrazo.

Written by mlhierro

julio 4, 2009 at 3:39 pm